La tormenta tiene miedo
Antonio Arteaga Pérez
Una tormenta chiquita bajó temblando del cielo, traía un traje de nubes y unos zapatos de trueno. Tenía miedo a las sombras que duermen bajo los cedros, y por no verse tan sola lloraba gotas de espejo. Rompieron a sollozar sus pestañas de lucero, y los campos se inundaron con su asustado lamento. Un niño desde su alcoba, asomado al ancho cielo, vio que la nube de felpa tiritaba sobre el techo. —¿Por qué tiemblas, nube gris? ¿Por qué derramas tu pelo? —Es que una noche tan negra 1me da muchísimo miedo. No quiero asustar al nido ni despertar al jilguero, pero mi voz es de bronce y mi relámpago, fuego. El niño abrió la ventana, le tendió un blanco pañuelo hecho de espuma de leche y de hilos de silencio. —Ven aquí, tormenta fría, deja tus rayos de hierro, que yo te guardo la capa en el cajón del recuerdo. Le cantó una nana dulce con sabor a caramelo, una canción que dormía a los osos de los cuentos. La tormenta, poco a poco, fue encogiendo su destello, se volvió un chorro de risa, un ovillo de revuelo. 2Se acurrucó en la maceta bajo un pijama de helecho, y apagando sus centellas se acunó sobre el alero. Y cuando vino la aurora con su vestido de viento, encontró una flor de agua donde durmió el trueno quieto.
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